domingo , 24 septiembre 2017
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Francisco de Asís y la tradición del pesebre

San Francisco de Asís no ha “inventado” el pesebre tal como la concebimos, pero el espíritu de la humildad y la pobreza franciscana es la levadura de esta hermosa tradición. Comparamos el biógrafo medieval del Santo y nuestro artista contemporáneo Dino Battaglia, que cuentan, cada uno en su propio estilo, la Navidad en Greccio.

San Francisco de Asís, el gran Santo de la pobreza, exaltado por Dante en el canto XI del Paraíso, a menudo se considera el inventor del “pesebre“, y es por esta razón que a menudo, en las representaciones del pesebre, hace su aparición un fraile vestido del hábito franciscano, con una bolsa de limosnas en el hombro y, a veces, con una copa de vino que le ofreció la generosidad de un hostelero o de un cliente.

De hecho, San Francisco no creo una representación del pesebre tal como la entendemos, es decir, por medio de figuras, que pueden ser unas estatuas, de mayor o menor magnitud, o incluso personas reales, como en los pesebres llamados “vivientes”. Él hizo algo diferente: quería que el Sacrificio de la Misa, en la Víspera de Navidad, fuera celebrado, no, como de costumbre, en una iglesia, sino en el ambiente en el que nació Jesús, o sea en un establo. El centro de la celebración fue el comedero, especialmente preparado, con un buey y un asno como un únicos “extras”: no había, de hecho, “actores” que representaran la Virgen y San José. Hubian, sí, los “pastores”, pero éstos eran los verdaderos pastores, los residentes de zonas cercanas. Tampoco fue colocado en “Niño” en el pesebre, a la medianoche, como es nuestra costumbre: en el “belén”, preparado por San Francisco, el Niño apareció como una señal de la particular predilección divina por el Santo y por su elección a favor de la pobreza.

Este es lo que resulta del relato del acontecimiento que hace Tomás de Celano, un seguidor de San Francisco (entró en la orden a los quince años) y su primer biógrafo.

Para que puedas juzgar por tí mismo y tomar tu propia posición personal, he traducido los pasos significativos, tomados de los párrafos finales de la Leyenda primera de fraile Tomás escrita en un bello latín medieval.

Aquí a seguir la traducción.

La cuna que preparó el día de la Natividad del Señor. XXX

 “84. También se debe recordar, y volver a ello con memoria reverente, lo que, dos años antes de su gloriosa muerte, hizo en el día de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, en el pueblo llamado Greccio. En ese distrito, había un hombre llamado Juan, que llevaba una vida incluso mejor de la buena reputación de la que disfrutaba. El beato Francisco tenía una especial predilección por él, porque a pesar de ser de linaje muy noble y honorable, había pisado la nobleza de la carne y había perseguido a la nobleza de espíritu. El beato Francisco, entonces, como a menudo solía hacer, casi dos semanas antes de Navidad, lo hizo llamar y le dijo:

– Si quieres celebrar esta Navidad en Greccio, anda, y prepara cuidadosamente a lo que digo. Yo quiero, de hecho, celebrar la memoria de ese Niño que nació en Belén y través de los ojos del cuerpo contemplar las penurias de su infancia pobre, mientras estaba acostado en el pesebre y cómo, entre el buey y el asno, estuvo apoyado en el heno .

Al oír estas palabras, el hombre bueno y fiel de inmediato corrió lejos y preparó el lugar indicado a lo que el Santo había dicho.

85. Por lo tanto llegó el feliz día, el momento de júbilo. De muchos lugares se hicieron venir los frailes, y los hombres y mujeres de ese distrito, cada uno según su capacidad, en la exaltación del alma, prepararon velas y antorchas para iluminar la noche, con el brillo de la estrella, iluminó todos los día y años. Vino, por último, incluso el Santo de Dios y, encontrando todo preparado, lo vio y se alegró.

Se prepara el comedero, se trae el heno, se llevan el buey y el asno. En ese lugar se honora la simplicidad, se exalta la pobreza, se recomienda la humildad, y de Greccio que era, el país se convierte casi en una nueva Belén. Se ilumina la noche como si fuera el día, llena de delicias para el hombre y la bestia. La gente viene, y, en frente del nuevo rito, se llena de un alegría hasta ahora desconocida.

El bosque devuelve las voces, y las rocas responden a los gritos de alegría. Cantan los frailes elevando a Dios la debida alabanza, y toda la noche resuena de voces de alegría. El Santo de Dios está de pie delante de la cuna, con suspiros intensos, devotamente recogido y bañado en alegría maravillosa. Se celebra la misa solemne en el pesebre, y el cura recibe un consuelo nunca antes experimentado.

86. El Santo de Dios lleva las vestiduras del diácono, pues era un diácono, y en voz alta proclama el Evangelio. Y su voz, por turnos apasionada, dulce, clara, sonora, invita a todos a buscar el premio más alto. Luego dirige la predicación al pueblo de los alrededores y promulga palabras dulces como la miel sobre el nacimiento del Rey que se hizo pobre y la pequeña ciudad de Belén.

[…]

Se multiplican los dones de Dios y de un hombre de virtud se puede ver una visión maravillosa. Vio, de hecho, un bebé dormido en el pesebre, y el Santo de Dios se acercó, y casi quería despertar al niño de un sueño profundo. No era un inconveniente, esta visión, porque el niño Jesús se había quedado en el olvido en los corazones de muchos, y en los mismos corazones, por Su Gracia, Él fue resucitado por medio de su servidor San Francisco y fue impresa la memoria indeleble. Finalmente se termina la vigilia solemne y cada uno vuelve a su casa con alegría”.

A partir del texto es claro que esta del establo de Greccio no era una “representación” (incluso de la clase que, en la Edad Media, fueron llamados “Misterios”), sino fue la celebración de la liturgia: probablemente tambien la expresión “Cantan los frailes elevando a Dios ladebida gloria”, que se refiere al canto del Oficio Divino antes de la misa. Lo que es novedoso en Greccio es el lugar donde se celebra la liturgia: un pobre establo, mientras que en Roma, el Papa y los cardenales celebran el mismo ritual, conmemorando el mismo evento, en el esplendor y la riqueza. Y el “don de Dios”, la venida del Divino Niño en el lugar de la celebración, se concede al establo de Greccio y no al soberbio Letrán.

Con la vida de San Francisco se ha comprometido, en los años setenta del siglo que acaba de pasar, incluso Dino Battaglia, un artista italiano del “comic”, esta forma de recuento que a menudo es vista con sospecha, si no con abierta hostilidad, por los representantes de la “cultura oficial”.

Dino Battaglia ha sido uno de esos autores que, con su lápiz, han demostrado que esta forma de narración debería llamarse más apropiadamente “literatura gráfica”.

Las páginas, que presento aquí, aparecieron en “Il Massaggero dei ragazzi“, una publicación de los Frailes Menores Conventuales de Padua, que es paralela al famoso “Messaggero di SantÁntonio”. Datan de 1976 y son parte de la historia de San Francisco, contada por Dino Battaglia en su estilo inconfundible, con negros profundos y blancos deslumbrantes, de cual contraste surge la poesía. El recuento está totalmente adherido a la tradición.

Si, entonces, San Francisco no puede ser considerado como el inventor del pesebre, en un sentido “técnico” (mérito que le corresponde a otro santo, san Cayetano de Thiene) el pesebre está en todo caso empapado del espíritu del “pobrecillo de Asis”.

No está mal, a pesar de toda la evidencia contraria “filológica”, hacer remontar a su ejemplo esta hermosa tradición viva en cada país católico y que, con su encanto y su poesía, a menudo sigue atrayendo incluso aquellos que no han conservado la fe de los padres.

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